Un invitado muy especial

El cuento y las cuentas, contados mil veces, no dejan de tener vigencia para establecer algunos puntos.

Entre las dos partes de la novela El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, Cervantes empleó un total de 381.104 palabras, de las cuales 22 mil son diferentes. Veintidós mil palabras distintas para crear un universo.

Sancho es el hombre del pueblo, el campesino práctico y desconfiado que resume su sabiduría en frases hechas. Mientras Don Quijote razona con ideas y principios, Sancho argumenta con dichos. Esa diferencia crea buena parte del humor y la profundidad de la novela.

Cervantes usa los refranes de Sancho como vehículo del sentido común, pero también como una forma de ironía: Sancho habla en refranes para explicar el mundo, aunque muchas veces los usa mal, los mezcla o los deforma, y eso lo hace entrañable.

Siglo 21. En la conversación diaria, las estadísticas más optimistas señalan que una persona más o menos ilustrada, leída y con cierto recorrido profesional, usa entre 3.000 y 5.000 palabras activas. Quizás menos que Sancho.

Veamos qué dice la IA:

  • En su comunicación cotidiana —mensajería, redes y conversación—, un joven promedio usa entre 1.500 y 2.500 palabras.
  • En contextos más amplios (universidad, trabajo, medios), puede alcanzar 3.500 o 4.000.
  • Entre el 10 y el 15 % del repertorio se compone de anglicismos, siglas o expresiones digitales: cringe, random, vibe, LOL, XD, full, mood, cool, outfit…

Las redes sociales, la comunicación a través de WhatsApp —basada en memes y en ‘quedo atento’—, el bajo consumo de libros, la muy menospreciada pero necesaria comprensión de lectura, la educación deficiente y la escasa preocupación por hablar y escribir correctamente son, juntas o por separado, la receta perfecta para generaciones con lenguaje limitado, inexpresivo, carente de recursos o salidas más allá de lo predecible.

Las frases de cajón se convirtieron en refugio para quienes la pereza mental no los deja asomarse a un diccionario; para quienes no logran sostener una conversación más allá de cinco minutos. “Todo pasa por algo”, “Lo importante es participar”, “Más vale tarde que nunca”.

Y uno esperaría que la prensa —hablada y escrita— ofreciera alternativas, trazara un camino para que sus seguidores ampliaran, aunque sea mínimamente, su repertorio de palabras, expresiones y recursos. Pero no.

Encendemos la radio o la televisión, abrimos un periódico o un blog, y ahí están los mismos lugares comunes: los “espectacular” para describir un tomate, un viaje, unos pantalones o una pomada para la piel reseca. “Para muestra, varios botones.”

Ahí están las entrevistas de noveles y experimentados comunicadores, que siempre preguntan lo mismo, apelando a fórmulas ensayadas y recicladas mil veces. Ahí están las notas, los titulares llenos de “invitados-saludos-programas especiales”, los  “o sea”, “pero nada” o esos dichos centenarios que nos salvan de permanecer callados y de despertar la sospecha de que poco o nada queremos comunicar o que no hay mucho para decir. «El que persevera, alcanza.»

La pereza lingüística no es un síntoma menor: es una señal de pensamiento en pausa, de que la lengua anda por ahí silvestre, en automático, desconectada del cerebro.

Qué felicidad cuando nos topamos de frente con alguien preocupado por el sujeto, el verbo y el predicado; por el juego de palabras, por el ingenio que desata una sonrisa, por el apunte inesperado. Pero también qué pereza cuando nos asalta un sujeto que usa la lengua para desplegar un arsenal de palabras rebuscadas, para fabricarse un estatus falso de intelectualidad. El mismo que cita con frecuencia autores y partes de libros que “soloyoconozco”, para evidenciar superioridad. “Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre.”

En MejorDicho creemos que cada palabra cuenta. Recuperar su sentido es también recuperar una forma de mirar el mundo.

Menos frases hechas. Más palabras con sentido.

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