Los setentaochenta forever

Lo único que ha cambiado son las cuñas. Ya no están Superley, Piccolo, Plony, Chiroloco, 101 y Tenaz. Pero los locutores son los mismos, las canciones son las mismas, las intervenciones al aire poco han variado, a pesar de contar con internet, IA y demás recursos de la tecnología moderna. Y aún siguen los oyentes llamando a pedir canciones.

Sí, la oferta radial pop-rock + las opciones emisoras web + el gusto musical de Medellín, parecen suspendidas en los setentaochenta. Y si a todo este coctel le sumamos la delirante e inacabable propuesta de bandas tributo y fiestas retro comandadas por DJ’s famosos de esas décadas prodigiosas, no queda otro camino que sumarse a la comparsa o amargarse ante la imposibilidad de avanzar y evolucionar en el tiempo, de explorar más allá de Supertramp, Queen, Foreigner o A Flock Of Seagulls, Soft Cell, Depeche Mode…

Pero no nos amarguemos. La nostalgia es una deliciosa trampa sin salida, una bellísima enfermedad sin cura, una cárcel a la que vamos por voluntad propia, una condena a cadena perpetua que no sentimos ningún momento del día, de los días. Y si miramos atrás, nos resulta inconcebible, imposible repetir esos pequeños momentos de grandeza contenidos en los 4 minutos 56 segundos de Somebody To Love de Queen, por ejemplo.

¿Dónde nos perdimos? ¿A qué hora dejamos de escuchar músicos y música nuevos?

Es indiscutible que, al mirar atrás, vivimos una era dorada, en términos sonoros. Los ampulosos y soberbios rockeros sinfónicos de principios de los setenta. La consolidación de proyectos avanzados como Pink Floyd. El nacimiento, crecimiento y ocaso de Queen. La vigencia de Rolling Stones. La evolución del progresismo sonoro de Alan Parsons Project. La elegancia jazz-pop de Supertramp. Y por poco tiempo, al final de los setenta, la furiosa y efímera irrupción del punk que, gracias a Dios, nos dejó el post-punk de bandas como Joy Division. Luego, la new wave, new romantics y tecno, acabaron por construir la banda sonora del resto de nuestras vidas.

En paralelo, pocos tuvieron ojos MTV y orejas para expandir el espectro hacia el college rock que emergía desde Estados Unidos. R.E.M., The Replacements, 10.000 Maniacs, Throwing Muses… Y la radio local, poco o nada hizo eco de ese movimiento.

Llegan los noventa, y con ellos, el grunge. Y una nueva generación conoció de primera mano la aspereza, la rabia y el ruido que ya habían experimentado sus hermanos punketos, los mismos que quedaron en el limbo desde finales de los 70, pero que no estaban aun ni muertos y menos, enterrados, pues el género seguía ahí, reventando tímpanos en emisoras alternativas, en circuitos underground.

Kobain & Co., ya resultaban muy escandalosos para gustos cultivados en aguas tranquilas y, si se quiere, convencionales, nada agresivas y muy dadas a lo lírico y perfeccionista. Quizás nos envejecimos prematuramente. Terminamos convertidos en lo que criticamos a nuestros padres, eternos cultores de Sandro, Rafael, Leonardo Fabio, Rocío Durcal, Palito Ortega y demás integrantes del club Voz de Colombia.

Medellín quedó congelada en el tiempo. El tango, el chucuchucu, la plancha y ahora el “rockcito”, definieron lo que escucharemos los de cierta edad, hasta el final de los tiempos, en una ciudad-parroquia tímida y temerosa ante la novedad, ante el riesgo. Aquí ya no caben la amargura o las lamentaciones. Lo que nos quede de vida, los disfrutaremos con la “música para soñar despierto”, con esas canciones que pasaron diez semanas en el número uno de las listas Hot 100 de la Billboard… Nos maravillaremos por milésima vez con la historia que dio origen a I Don’t Like Mondays de Boomtown Rats… Pondremos atención a la traducción simultánea de Knife (¡cuchillo!, cortas como un cuchilloooo). No nos enojaremos cuando digan “Otro Que Muerde El Polvo”, de Queen… Vibraremos de la emoción e intentaremos algunos pasos cuando suene Thriller de Michael Jackson.

Medellín quedó congelada en el tiempo. Y nos perdimos el alt rock, la evolución del sonido más básico de las Islas Británicas. Le hicimos el fo a lo que ha pasado desde 2000 hasta hoy. Eso es lo que hay, y lo saben los creadores de páginas-web con intención de parecer emisoras. Lo saben quienes reciclan fórmulas y las repiten hasta el infinito. Y para su fortuna, el asunto funciona como en los viejos tiempos.

La gloriosa nostalgia, que nos devuelve a tiempos quizás mejores; a los años en los que para ser felices no teníamos que gastar tanta plata, en los que había para escoger poco pero todo era muy bueno. La gloriosa nostalgia que nos mantiene cuerdos y aislados de tanta música nueva que nada nos dice… o que quizás no entendemos.

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